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LA PRIMERA IGLESIA: una alada plegaria en la floresta
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Hubo mas, y es justicia consignar su recuerdo. En primer término, no debe ser olvidada la Catedral de Puerto Presidente Stroessner, cuya construcción fue para mi, durante años, un sueño -a veces casi obsesivo- contra el cual conspiraba la pobreza de los medios de que disponíamos. Cuando hablé de la colocación de su primera piedra, al año de la fundación de la ciudad, en realidad, lo que más propiamente habría debido decir, es que fue colocado, entonces, un hito de piedra, que allí quedó como señal del sitio donde la Catedral se levantaría.

La ceremonia había contado con toda la solemnidad que le dio la presencia del entonces Arzobispo de Asunción, Monseñor Aníbal Mena Porta quien impartió la bendición ritual, pero, en realidad, la construcción era un deseo aún prematuro. La ciudad no crecía al ritmo deseado, ni había aún vecindario, y la idea de poner manos a la obra debió quedar flotando sin plasmarse en los hechos. Sin embargo, al paso de algunos años, esas precarias circunstancias empezaron a modificarse y el viejo anhelo comenzaba a realizarse.

Fue en 1963, a raíz de un viaje que hice a la “Azotea”, residencia del entonces Consejero de gobierno del Uruguay Eduardo Victor Haedo -invitado por él- cuando conocí al arquitecto boliviano Javier Querejazu. Haedo, que sabía de mi deseo de levantar un templo en Pto. Pte. Stroessner, me presentó a Qucrejazu, el proyectista de la capilla emplazada en el amplio predio de la Azotea, una iglesuca llena de encanto en su forma y proporciones, lo cual daba ya una medida cabal del talento del arquitecto.

Con Javier Querejazu y su mujer (una buena escritora uruguaya que usaba como nombre literario su nombre de soltera, Graciela Saralegui) estrechamos una relación de amistad entrañable, y poco tiempo después, accediendo a nuestra invitación, ellos llegaban a Asunción. Querejazu tomó nota, con comprensiva disposición, de los datos que me parecían necesarios que se tuvieran en cuenta para ambientar la construcción (tierra roja, naturaleza exhuberante con orquídeas florecidas y mariposas de formas y colores increíbles), así como la necesidad de recoger la tradición colonial y jesuítica en el uso de los materiales de construcción.

Después de numerosas idas y venidas, Querejazu llegó un día con los planos del futuro templo. El boceto mostraba dos imponentes muros -colosales brazos de piedra- que, bajando hacia tierra- a partir de cierto punto- se abrían, para extenderse casi en un gesto de invitación y de abrazo hacia los fieles, que entrarían bajo un techo de tejas rojas, en voladizo, sin apoyo de columna alguna.
La parte alta formaba el campanario, y el espacio entre los dos muros era cerrado por un gran vitral. Todo el conjunto tenía idealidad, gracia y proporción. Me agradó, y acepté el proyecto.

Con la colaboración de asesores, redactamos un Memorando con una detallada descripción de la obra que, por ilustrativa, me gustaría reproducir. Dice así:


“La concepción arquitectónica de la Iglesia, buscaba la creación de un espacio único, que se fuera conformando gradualmente desde el exterior al interior, para luego proyectarse violentamente hacia el espacio infinito a través de un gran vitral ubicado al oriente, a fin de inspirar una actitud de elevación espiritual en el feligrés que se encontrara en el recinto. El espacio litúrgico se prolonga al exterior a través del atrio que queda limitado del área circundante por un muro curvo. El templo fue delimitado con un mínimo de elementos: dos paredes y un techo, y para éstos, fueron utilizados materiales primarios del lugar, a fin de que la arquitectura fuera una auténtica expresión del medio físico, asegurandose así su integración con el paisaje circundante.

El templo debía ser además, expresión del alma de un pueblo y por lo tanto era necesario buscar también la total integración de la arquitectura con el medio social, para ser al mismo tiempo la más fiel expresión de su época. Este propósito podía lograrse únicamente a través de un profundo buceo en la tradición artística nacional, para que enraizado en su medio, resultase en su nueva expresividad una natural consecuencia de su propia estirpe.

La arquitectura del templo, requería una total conjunción de las artes plásticas con las artesanías, que debían ponerle los acentos necesarios para su ambientación. Dicha integración, -de la cual los templos misioneros son una acabada demostración de refinamiento- obligaba a un planteo similar. Pero si aquella fue la cabal manifestación de lo mudéjar resuelto con espíritu barroco, nuestro tema debía constituir la más auténtica manifestación del arte contemporáneo, pero con estilo propio. El tema debía ser:
consubstanciarnos con nuestra propia tradición para poder universalizarla en el tiempo, proyectándola al futuro.

El templo tenía dos aspectos fundamentales: el de estructura y el de ornamentación y acabado.


A) ESTRUCTURA

Abarca el cimiento, fábrica y techo. El cimiento y fábrica,
fueron hechos con piedras gneis negra y mezcla de cemento y
arena. En esta edificación se incluyó la cripta, toda del mismo e
idéntico material.

El techo es de una estructura audaz, porque su cola, en voladizo, hace un peso que equilibra muy ajustadamente en la composición final de la obra. Recubierto con tejas rojas, inicial-mente se planeé un sistema de cieloraso de tacuaras del tipo de las bambúceas gigantes que abundan en las orillas del río Paraná y que estaban ya cortadas y acumuladas en la casa de don Noel Lefevbre.

Toda esta parte estructural fue construida por el Ing. Anisimov, quien siguió con fidelidad y competencia los lineamientos del plano del Arquitecto Javier Querejazu.


B) ORNAMENTACION Y ACABADO

Abarca los siguientes aspectos: 1) Piso. 2) Vitral. 3) Cristo.
4) Cerámicas. 5) Puertas. 6) Altar y mesa. 7) Otros.


1) PISO: El piso debía ser de ladrillo prensado y cocido y el Arquitecto Helmers los había donado. Se continuaba así una tradición perdida en la construcción de templos en nuestro país. El contraste del piso claro, casi rojo, con el muro oscuro, daría gracia y luz y se integraría adecuadamente con el color de la tierra de esos lugares.

2) VITRAL: El vitral, por sus dimensiones y ubicación, era el principal elemento decorativo del templo. Era además la única entrada de luz al recinto. Debía estar en un plano tonal azulado, más acentuado en la parte inferior para ir ganando en tonos cálidos hacia arriba.

Fue concebido sobre la base de un dibujo del notable artista Colombino. Es un conjunto de mucho colorido y fuerza, representando un grupo de seres casi apelmazados en un esfuerzo común, de forma cónica o piramidal, de cuyo vértice emerge una enorme figura del Señor San Blas. El vitral de casi tres metros de ancho por más de doce metros de altura, fue ejecutado por una fábrica de San Pablo, bajo la dirección de Colombino.

3) CRISTO: Un enorme Cristo de madera debía ser la imagen central del templo. Concebido por el escultor Herman Guggiari, a quien se facilitó un enorme tronco de lapacho negro de nuestros bosques paranaenses, el Cristo debía tener tres metros con los brazos extendidos como se representa en el milagroso acto de la Ascensión. Debía estar suspendido en voladizo y en situación dominante sobre el altar, una inspiración sugerida por aquella conocida pintura de Dalí.

El mural, los candelabros, las custodias, la pila bautismal y muchos otros detalles cuidadosamente concebidos, no pudieron ser incorporados porque la Iglesia quedó sin concluir durante mucho tiempo.

La concepción original incluía también los siguientes aspectos:

4) CERAMICAS: Abarcaban muros exteriores de entronque con las puertas de acceso. Era importante mantener la unidad de criterio de un artista tan competente y talentoso como Colombino, así que estos trabajos también le fueron encomendados.

5) PUERTAS: La portada constituía un conjunto de hojas de madera, hechas por un procedimiento original del mismo artista, totalmente tallado en bajo relieve. De altura imponente, podía plegarse de forma tal que daba visión hasta el fondo del altar
a los feligreses que deseaban participar de la Misa desde el atrio
o explanada exterior.

6) ALTAR Y MESA: El altar era muy sencillo y debió estar coronado por una mesa enteriza de piedra de Emboscada, que ya había sido terminada por un tallista nativo del lugar.

7) OTROS: Los bancos, el campanario, la cripta, el decorado de la mesa del altar y otros detalles debían tener una unidad de criterio que respondieran a la dirección del mismo artista.

Justo es dejar constancia que la valiosa colaboración, dirección y gestiones del arquitecto Carlos Colombino fueron enteramente gratuitas.

Con el pleno acabado de este templo el país hubiera contado con un monumento de jerarquía que recogiera las mejores tradiciones del arte jesuítico, adaptado a nuestro tiempo contemporáneo”.


Cuando Querejazu venía a Asunción se hospedaba en nuestra casa y a menudo le acompañaba Graciela. Juntos seleccionamos el material e íbamos y veníamos a Puerto Presidente Stroessner, en la acuciosa faena de dar inicio a la obra y fiscalizar su desarrollo. Un colaborador importante, además del infatigable don Noel Lefebvre, fue el Ing. Anisimov, quien tuvo a su cargo la directa ejecución de los planos

Los materiales eran escogidos tras minuciosa selección: la madera provenía del aserradero de la Comisión que funcionaba en el Km. 16, y la piedra, de nuestra cantera asentada sobre el arroyo Acaray-mí. Las tejas las adquirimos de una ladrillería de Chaco-í que era, por entonces, quizás la única que fabricaba tejas vitriadas. El piso lo íbamos a hacer empleando unas tejuelas bien cocidas, que el Arq. Hellmers se comprometió regalar. Carlos Colombino nos diseñó el vitral que, a nuestro pedido, debía simbolizar al Señor San Blas, y no sólo lo hizo con el talento que sabe poner en sus creaciones, sino que se ocupó además de fiscalizar la confección del vitral en una fábrica especializada de San Pablo (Brasil). Colombino iba a tomar también a su cargo el tallado de la puerta central del templo, así como de los reclinatorios, confesionarios y sillas.

Herman Guggiari, por su parte, esculpiría un Cristo de madera enteriza de grandes proporciones que debía proyectarse sobre el altar por medio de un mecanismo disimulado de suspensión. Ninguno de estos artistas, profesionales y colaboradores recibieron remuneración alguna, y ésta es una ocasión para expresarles nuestra gratitud por el empeño, el tesón y el desinterés con que trabajaron. Nadie pudo recordarlos antes, porque, cuando el templo fue inaugurado, estuvimos ausentes y probablemente quienes habilitaron la obra desconocían a tales colaboradores.

En especial evoco al proyectista arquitecto Javier Querejazu, tan diligente como talentoso y desinteresado, que murió con su mujer, algún tiempo después de iniciada la obra del templo, en un accidente automovilístico en la carretera que une Montevideo con Punta del Este
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